jueves, 16 de julio de 2026

El post que debía salir anoche -partido Argentina vs. Inglaterra-

 


Anoche escribí algo que no llegué a publicar.
Lo compartí en el grupo de escritores latinos donde me conocen como Dr. Leandro Alippi García, también llamado El escritor espontáneo.
Pero la alegría del partido —esa victoria que nos sacudió a todos— me hizo olvidarme por completo de subirlo a mi biografía.

Lo recupero ahora, ya con la algarabía bajada, para que quede registrado en este espacio que también es parte de mi vida.

22:57 hs, Córdoba, Argentina.
La noche en que le ganamos a Inglaterra.
La euforia ya mermada, yo acostado en mi tatami, entregándome de a poco al sueño y esperando el mensaje de mi amiga de cábalas. Esa compañera silenciosa de cada partido: cada uno en su casa, solos, pero unidos por el chat.

Su ansiedad fue tan grande que le apretó el pecho.
Tuvo que dejar de mirar el partido y, como ya le pasó contra Egipto, se fue al gimnasio en el segundo tiempo. Ahí se repuso, y nuestras cábalas —esas pequeñas ceremonias privadas— volvieron a funcionar.

Yo sostuve la mía: escuchar mi intuición.
Vaticinar el resultado.
Y como en otros partidos de este mundial, acerté con una precisión que me sorprende incluso a mí.

Ahora queda el domingo.
La final.
Y un pacto: si ganamos, nos conoceremos en persona para celebrar.
Lo curioso es que no lo vivo como una posibilidad: lo intuyo.
Lo siento con la misma claridad con la que sentí el resultado de ayer.
Nos vamos a conocer.

Dr. Leandro Alippi García
El escritor espontáneo



lunes, 13 de julio de 2026

El día en que las luces del tablero decidieron por mí


Hay decisiones que parecen menores, casi domésticas, pero que en realidad revelan cómo uno se relaciona con sus objetos, con sus tiempos y con la forma en que desea que las cosas encajen en el mundo.
La Taunus, por ejemplo, nunca fue solo un auto. Fue siempre un pequeño santuario móvil, un espacio donde cada detalle tiene su color, su ritmo y su historia.

Hace unos meses, después de años de espera, finalmente un electricista instaló el tablero nuevo. Sus luces naranjas encendieron una escena que yo venía imaginando desde hacía demasiado tiempo. Ese naranja cálido, casi retro, casi analógico, parecía decir: “Ahora sí, estamos completos.”
Pero no estábamos completos. El estéreo seguía siendo el viejo, el azulito. Ese azul frío que yo había logrado reparar con mis manos y que, por eso mismo, tenía un valor afectivo que no se compra ni se instala: se gana.

El azul del estéreo y el naranja del tablero convivían en una especie de pacto cromático accidental. No era lo que yo soñaba, pero tampoco molestaba. Era como esas cosas que uno acepta porque ya están ahí, porque funcionan, porque tienen historia.

Hasta que ayer Ely me contó que se había ganado un estéreo.
Me mostró la foto de la caja: las luces eran rojas o naranjas.
Me lo ofreció a bajo costo, en tres cuotas sin interés.
Y yo, sin pensarlo demasiado, decidí comprárselo.

La decisión de comprarlo fue inmediata.
La decisión de instalarlo, no.

Porque ahí apareció la pregunta que siempre aparece en mi vida:
¿Lo hago ahora o espero el momento exacto?

Averigüé el precio de la instalación: alrededor de $45.000.

Un número que en julio me incomoda, pero que en agosto me resulta casi amable.
Y además, los de Car Audio lo prueban gratis en el banco: puedo ver con mis propios ojos si las luces son realmente naranjas, si ese nuevo estéreo pertenece al interior de La Taunus o si es apenas un objeto más.

La verdad es que no quiero instalar nada que no armonice con el tablero.
No quiero romper el pequeño equilibrio que ya existe.
No quiero jubilar al azulito antes de tiempo si no es para reemplazarlo por algo que realmente complete la escena.

Así que la decisión final es simple, casi ceremonial:

Primero ver el color.
Después esperar agosto.
Y recién ahí, si el naranja es el naranja correcto, cerrar el círculo.

Mientras tanto, el estéreo azul seguirá cumpliendo su ciclo, como una pieza que sabe que su final no es un descarte sino una transición.
Y yo seguiré manejando La Taunus con esa mezcla de nostalgia y expectativa que siempre me acompaña cuando una luz, un sonido o un detalle mecánico se alinean con la historia que quiero contar.

martes, 7 de julio de 2026

🌒 Homenaje a Cristina

Por un breve tiempo, la vida me llevó a convivir con Cristina y sus hijas, esas joyitas que brillaban con su propio fuego.

En su casa, entre risas, silencios y rutinas nuevas, conocí una forma distinta de calor humano: el de quien abre su puerta sin cálculo, el de quien comparte su mundo como quien ofrece pan recién hecho.

Cristina fue fogosa, capricorniana, intensa en su modo de estar y de querer.
Su energía no pedía permiso: se desplegaba como llama que ilumina y consume a la vez.
En ese tiempo, me convidó su vitalidad, su manera de hacer del día una escena viva, su impulso de sostener y desafiar.

Pero mi amor por Analía —esa raíz más profunda, más antigua— me llamó de regreso.
Y al volver, perdí a Cristina para siempre.
No como se pierde un objeto, sino como se pierde un instante que no puede repetirse.

Hoy, desde la distancia, le mando un abrazo simbólico, un gesto de gratitud por lo que me ofreció de su vida y de su fuego.
Porque cada encuentro deja una huella, y cada despedida marca el contorno de lo que somos.

Cristina, gracias por tu fogosidad, por tu casa, por tu tiempo compartido.
Tu presencia fue breve, pero su calor sigue encendido en la memoria.



 

Tres conversaciones en una mañana

Hay mañanas en las que uno se levanta y encuentra el mundo exactamente donde lo dejó. Y hay otras en las que tres mujeres importantes le mue...