Hay mañanas en las que uno se levanta y encuentra el mundo exactamente donde lo dejó. Y hay otras en las que tres mujeres importantes le muestran, cada una a su manera, una verdad distinta sobre el amor, la amistad y el tiempo.
Esta fue una de esas mañanas.
Me desperté con dos audios de Daniela. Veníamos de un enojo y de un silencio. Sin embargo, en medio de ese escenario apareció una propuesta inesperada. Me propuso una relación de poder y obediencia. Una relación donde yo ocuparía simbólicamente el lugar del amo. Lo curioso era que todas las reglas venían ya definidas de antemano y, entre ellas, una especialmente difícil para mí: el silencio.
Yo le respondí algo que considero verdadero desde hace años. Uno de mis dones es la palabra. Hablar, escuchar, pensar en voz alta, construir puentes mediante las conversaciones. No me interesa una relación edificada sobre el silencio como principio. Los silencios pueden ser hermosos cuando acompañan la palabra. Pero cuando la reemplazan, dejan de parecerme compañía.
Mientras intentaba comprender ese diálogo, recordé otra conversación ocurrida casi al mismo tiempo.
La noche anterior le había dicho a mi amiga Alina que me agradaría que fuéramos amigos con derechos. La respuesta llegó clara, limpia y sin rodeos. Amigos. Sin derechos de ningún tipo. Nada más y nada menos.
No fue la respuesta que buscaba, pero sí una respuesta que respeté. Hay algo profundamente valioso en la gente que sabe marcar sus límites con claridad. Alina no dejó puertas entreabiertas ni creó ambigüedades. Simplemente definió el lugar desde el cual quería vincularse.
Y finalmente apareció Analía.
Quizás la conversación más profunda de las tres.
En un momento de tristeza le había propuesto tres posibles caminos: convivir en Villa María, convivir en Córdoba o encontrarnos todos los fines de semana. No eran propuestas impulsivas en su contenido, aunque sí nacieron de una emoción intensa.
Los audios que me envió esta mañana fueron largos y honestos.
Me explicó que atraviesa uno de esos períodos donde la vida cambia de forma. El regreso de Martina desde Italia, el nacimiento de Olivia, modificaciones económicas, el cierre de vínculos importantes y la necesidad de reconstruir ciertas certezas. Me dijo algo que me dejó pensando: no está disponible para tomar grandes decisiones y la presión es precisamente lo último que necesita en este momento.
También habló de las mutaciones del amor.
Dijo que el amor existe, pero que el amor cambia. Que no todo puede repetirse indefinidamente de la misma manera. Que si algo merece una nueva oportunidad debe transformarse para no convertirse simplemente en una repetición del pasado.
Después me pidió algo sencillo.
Que me pusiera bien.
"Ponete fuerte", escribió.
Y, curiosamente, esa terminó siendo la frase más importante de toda la mañana.
Porque Daniela me mostró que no deseo una relación sin palabras.
Alina me recordó que la amistad también tiene fronteras legítimas.
Y Analía me señaló que antes de pedir respuestas a los demás quizás deba recuperar algunas respuestas dentro de mí.
Por eso le contesté que me pondré bien.
No porque la tristeza sea inexistente.
Sino porque he atravesado momentos más duros.
Y porque sigo creyendo, como los viejos guerreros, que la tristeza puede visitarnos, sentarse un rato junto al fuego y contarnos su historia.
Pero no tiene por qué quedarse a vivir con nosotros.






