Relato ordenado de mi vida: hitos, giros y decisiones. Archivo de memoria adulta, sin épica y sin victimismo. Integrado a mi Comunidad Afectiva Alippi García y Cía.
Nadia visitó el Clermont ayer. La casa sostuvo un clima claro y estable. La conversación avanzó con naturalidad y precisión.
El encuentro mostró una afinidad madura: dos almas paralelas, cada una con su eje propio y su modo de estar presente. La interacción fluyó desde la autonomía y desde la lucidez compartida.
El Clermont ofreció orden, silencio operativo y espacio para una presencia auténtica. La visita dejó una sensación de equilibrio y continuidad interior.
La relación encuentra su forma en la paralelidad: resonancia, respeto y caminos propios que avanzan con claridad.
Considerarnos almas gemelas, puede confundirnos de que tenemos un destino compartido.
Almas paralelas, se me ocurrió llamarle a lo nuestro, y como decía Pappo Napolitano, juntos y a la par, aunque no en el sentido de pareja, sino de amigos inseparables y al final del día me dije a mi mismo:
Tal vez lo mío, en lugar de tratar de ser experto en parejas, sea, más bien, en fraternidad (amigos y hermanos).
Hoy, 23 de abril, día en que mi madre cumpliría 100 años, amanecí a las 5:55 frente al escritorio.
A este despertar lo viví como una configuración simbólica precisa:
un número que cierra un linaje, otro que abre un ciclo, y un gesto que define una etapa.
A mis 56 años, ya instalado plenamente en el noveno septenio, puedo decir sin dramatismo que he llegado a un punto de mi vida donde la soledad no es carencia ni refugio, sino forma adulta de existencia.
No es aislamiento: es suficiencia.
Durante décadas creí que mi vacío existencial —propio del eneatipo 7— debía llenarse con intensidad, vínculos, proyectos compartidos o amores que me sostuvieran.
Hoy comprendo que ese vacío ya no existe.
Se integró.
Se volvió estructura interna.
Mi 7 se completó en el 5.
Y esto no es teoría: es biografía.
He tenido muchos amores historias completas, suficientes, formativas.
No me faltó amor de pareja: fui abundante en ello.
Fui abundante en lo afectivo, en lo erótico, en lo convivencial.
Honré cada vínculo y cada mujer que compartió camino conmigo.
Por eso, entrar ahora en esta etapa sin necesitar una mujer para sentirme completo no es renuncia: es madurez.
Es aceptar que ya viví lo que tenía que vivir en ese plano.
Que no hay deuda, ni urgencia, ni búsqueda.
Que si alguna mujer entera aparece, será para compartirse, no para completarme.
Mi entrenamiento en ermitañez fue largo y clásico:
Primera ermita: el Refugio, tres años en medio del monte.
Luego, las ermitas urbanas: pequeños departamentos de un dormitorio donde aprendí la vida monástica en ciudad.
Finalmente, la ermita propia: El Clermont, donde la soledad dejó de ser tránsito y se volvió forma de vida.
Ese recorrido no fue un accidente: fue un entrenamiento de décadas para llegar a este punto exacto.
Hoy, después de mi separación, el duelo ya no es tormenta.
Es un proceso adulto, sobrio, sin dramatismos.
No necesito anestesia ni intensidad.
Solo gestos mínimos, ordenados, que sostienen la vida cotidiana sin autodestrucción.
Y esta mañana, al escuchar la Aurora marcial, entendí algo con claridad quirúrgica:
Ya no estoy solo: estoy entero.
Y un hombre entero puede marchar solo.
No como quien huye, sino como quien camina su propio día.
Este texto dialoga con El Hombre Valor, pero no lo corrige: lo completa.
Aquel hablaba del hombre autónomo.
Este habla del hombre que, después de haber amado mucho y bien, puede finalmente habitar su propia compañía sin miedo.
Hoy, 23 de abril, a las 5:55, lo entendí sin esfuerzo:
mi vida ya no necesita compañía para tener sentido.
Mi vida tiene sentido porque la habito yo.
Nota editorial — Enlace a El Hombre ValorEste texto continúa y profundiza lo planteado en mi artículo “El Hombre Valor”, escrito semanas atrás. Allí definí la estructura del hombre autónomo; aquí describo el punto exacto en que esa estructura se vuelve experiencia vivida. Ambos textos forman una unidad conceptual: el primero establece el marco; este registra el pasaje vital que lo confirma.
No llegué a la ermitañez por accidente ni por derrumbe. Llegué caminando, con los ojos abiertos, después de haber vivido lo suficiente como para saber qué me expande y qué me reduce. No fue un retiro súbito ni una fuga emocional: fue un proceso lento, deliberado, casi artesanal, en el que fui despojando capas de ruido hasta quedarme con lo esencial.
Durante años viví inmerso en la coreografía familiar ampliada: almuerzos dominicales, rituales heredados, agendas compartidas, la “Familia Unita” que marcó una época. Cumplí con ese guion con la seriedad de quien respeta una tradición, pero también con la sensación íntima de que había algo en mí que pedía otro tipo de vida. No un aislamiento, sino un territorio propio.
La separación de 2016 no fue un quiebre: fue una puerta. Una puerta hacia un modo de estar en el mundo que ya venía gestándose desde mucho antes. Ahí apareció, con nombre propio, la figura del ermitaño. Pero no el ermitaño medieval, ni el asceta penitente, ni el solitario derrotado por la vida. Apareció el ermitaño urbano, el que vive en la ciudad pero no pertenece al ruido; el que elige la soledad como forma de lucidez, no como síntoma.
Mi ermitañez no nació de la carencia, sino del estudio. Pasé años leyendo a los Padres del Desierto, a los anacoretas, a los hesicastas, a los solitarios modernos que encontraron en el retiro una forma de pensamiento. No buscaba imitarlos: buscaba entender qué había en esa figura que resonaba conmigo. Y lo que encontré fue simple: la soledad elegida es un territorio de expansión, no de encierro.
Con el tiempo, esa forma de vida se volvió estilo. No una renuncia, sino una estética. No un encierro, sino un modo de habitar el mundo. El Clermont dejó de ser un departamento y se convirtió en una ermita laica: un espacio de orden, contemplación, estudio y creación. Un lugar donde la vida no se reduce: se afina.
La ermitañez estilista no es un rechazo a los otros. Es una forma de relación distinta: más lenta, más adulta, más elegida. No necesito estímulos externos para sentirme vivo. No necesito agendas ajenas para moverme. No necesito “primereos” ni empujones. Mi vida se sostiene sola, desde adentro, como una estructura que ya no depende del clima emocional de nadie.
Hoy, cuando salgo de la ermita, lo hago por gusto. Cuando participo de un ritual familiar, lo hago desde la libertad. Cuando acompaño a alguien, lo hago desde la elección, no desde la obligación. Y cuando vuelvo a mi territorio, vuelvo a mi centro.
La ermitañez estilista no es un refugio.
Es una forma adulta de estar en el mundo.
Una forma que elegí, que estudié y que sigo perfeccionando.
Hay oficios que se extinguen y otros que permanecen.
No por tradición, sino por carácter.
Antonio pertenece a esa estirpe que no se aprende: se encarna.
Tiene setenta años, trabaja con las manos desde antes de que existieran los tutoriales, y su modo de comunicación es exactamente el que corresponde a su generación y a su ética:
Habla poco y solo lo necesario por audio.
Nada por escrito.
Mucho por teléfono.
Muchísimo en persona.
No es desorden: es coherencia.
Antonio entiende el mundo desde la presencia, no desde la pantalla.
I. El encuadre y la docilidad del artesano
Antonio tiene una tendencia natural a entusiasmarse y proponer “hacer todo junto”.
Es su manera de mostrar compromiso.
Pero cuando uno le marca un límite claro, él se acomoda en el acto:
No discute.
No se justifica.
No se ofende.
Asiente y cierra la charla inmediatamente.
Esa docilidad no es debilidad:
es respeto por el encuadre y comprensión del rol.
II. El trabajo visible: restauración material
En esta etapa del Proyecto Taunus, Antonio ejecutó tareas que no requieren interpretación:
se ven.
Cambió todas las piezas del tren delantero.
Yo mismo lo verifiqué tirándome al piso.
Ajustó la dirección con una precisión que solo puede describirse como magistral.
Reemplazó bornes, cables y conexiones improvisadas por el vendedor de baterías que me dejó el auto atado con alambre.
Compró y preparó faritos traseros, porque uno estaba roto.
Ordenó todas las luces, que estaban en estado calamitoso.
Instaló las escobillas nuevas, adaptándolas artesanalmente porque las originales ya no existían.
Todo esto lo hizo sin que yo se lo pidiera.
III. El accidente y la ética silenciosa
Un día, al maniobrar en su casa, Antonio rozó el guardabarros delantero contra el portón.
Yo lo vi.
Él lo sabía.
Y ninguno de los dos dijo nada.
Su respuesta fue la única que conoce un hombre de su generación:
trabajar más.
No pidió disculpas.
No se justificó.
No dramatizó.
Simplemente reparó.
Y en ese gesto silencioso quedó claro que su oficio no es mecánica:
es responsabilidad moral.
IV. El vidrio del Taunus Guía y el reconocimiento mutuo
Esa misma noche, después de mi enojo inicial, hablamos por teléfono.
Yo le dije que había conseguido el vidrio del Taunus Guía que él necesitaba.
Lo conseguí en el acto, como corresponde cuando uno reconoce la calidad del otro.
Acordamos que se lo pagaría con lo que sobró de los primeros $300.000 del mes:
unos $45.000, exactamente lo que costó.
Antonio respondió:
“Tomalo como un regalo de mano de obra.”
Pero ambos sabíamos que no era un regalo.
Era un reconocimiento cruzado:
Él compensaba su culpa innecesaria.
Yo reconocía su ética y su oficio.
Y el vínculo quedaba ordenado.
V. Lo que viene
Este viernes 17, Antonio completará:
Instalación de faros.
Ordenamiento final de la instalación eléctrica.
Revisión para conectar el tablero instrumental reacondicionado hace años.
Lo hará como siempre:
en silencio, con precisión, con oficio y con esto quedaremos compensados con mi pago de correspondiente a Abril.
En mayo se lo llevaré a revisar el ruido que a mí me pone mal y que presiento muy fuertemente que es el embrague y que Antonio deberá revisarlo con mucho detenimiento, tal vez con ayuda de sus amigos colegas y parientes vecinos.
VI. Conclusión
Antonio no es “mi mecánico”.
Es El Restaurador.
Restaura piezas, sí.
Pero también restaura:
continuidad,
confianza,
historia,
y la dignidad de un proyecto que no necesita ser perfecto para ser verdadero.
El 10/10 quedará para otro dueño, en otro tiempo.
Mi tarea es llevarla al 7/10 suficiente, y Antonio es el hombre exacto para ese tramo del camino.
Mi pedido hacia él cuando le llevé el auto por primera vez fue que tratara de ponérmelo en regla como para que supere la prueba de la ITV que es uno de mis mayores objetivos para volver a tener un auto no solo confiable sino el asertivo que muchos me pedían que tratara de volver a tener con uno moderno.
Nota del Autor del día 12/02/2026: Antonio tiene pasta para ser un verdadero restaurador, pues se da maña con todos los gremios que integran un vehículo clásico como por ejemplo mecánica del motor, electricidad, tapizados etc. Sin embargo, tiene un grandísimo defecto que fue por lo que lo descalifiqué de entre los técnicos que le meten mano a la restauración de mi Taunus y este defecto es que no es claro con lo que diagnostica, presupuesta y cobra. Cuando no existe una coherencia total en estos tres asuntos, el cliente desconfía y eso hace que no se lo vuelva a llevar. Por ejemplo: todo el arreglo de las luces que me hizo él, sin terminarlas de arreglar, por cierto, yo no se lo había pedido por lo que supuse que era un reconocimiento tácito de su parte a los daños que le provoco a la chapa de mi auto cuando lo rayo en su cochera, pero no, luego pretendí cobrármelo entre pitos y flautas por la exorbitante suma de $ 100.000 cuando al final las hice arreglar a la perfección por un electricista experto que me cobro por todo concepto, tan solo $ 65.000. Pero lo más inaudito fue que Antonio me pretendía cobrar $ 550.000 por la reparación del embrague cuando el desperfecto era que la caja de marchas no tenía aceite y ponerle me costó tan solo $ 25.000. Asi que chau Antonio, quédate con tus miles de idas y venidas. Yo sigo con profesionales.
Nadia, creo que ya entendí el germen de la idea que te mencioné esta mañana (idea o innovación).
No tiene que ver con pareja, ni con proyectos, ni con definir nada.
Es algo mucho más simple y más liviano.
Me di cuenta de que estoy en un momento donde no quiero estar en el mercado, ni en vidrieras, ni en modo búsqueda. Las apps me generan ansiedad y ruido, y prefiero salirme de ese lugar.
Y cuando me contaste que vos también te borraste de todo y que descubriste que podés vivir sola perfectamente, sentí que estábamos llegando al mismo punto por caminos distintos.
Lo que me apareció fue esto:
un espacio propio, sin mercado, sin presión y sin expectativas.
No es exclusividad, no es compromiso, no es un “algo”.
Es simplemente compartir sin ansiedad, sin tener que rendir cuentas y sin tener que definir nada.
Y para mí la libertad es clave:
si en algún momento cualquiera de los dos quiere volver a las apps, lo hace sin culpa y sin drama.
No hay contrato, no hay posesión, no hay deuda emocional.
Lo de Güemes en mayo lo vivo así también: un ritual social, un rato agradable, sin etiquetas.
El sueño legítimo de la chopper nació temprano, en los años 90, cuando la imagen de una moto larga, baja y silenciosa funcionaba como una promesa de libertad ordenada. No era rebeldía: era estética, proporción y serenidad mecánica. Ese sueño quedó flotando durante décadas, esperando su forma correcta.
2. Primera encarnación: Kawasaki Eliminator 1995
La primera materialización seria fue la Kawasaki Eliminator 1995, una pieza de colección que todavía hoy podría estar en un museo.
Pero la mecánica no negocia: cuando descubrí que perdía aceite, la descarté sin drama.
Una lectura quirúrgica, reforzada por una revelación de la Mater:
si pierde aceite, no es para vos.
Fin del capítulo.
3. Segunda tentación: Jawa Daytona 350
Años después apareció la Jawa Daytona 350. Hermosa, seductora, con presencia.
Pero detrás del encanto había una verdad operativa imposible de ignorar:
casi todos sus componentes son chinos
los repuestos son difíciles de conseguir
el servicio postventa es errático
la logística de mantenimiento es incompatible con un proyecto de orden
Una moto que enamora, sí, pero que exige una estructura que hoy no corresponde a mi vida ni a mi orden operativo.
4. El descubrimiento reciente: orden, restauración y capacidad real de ahorro
En estos últimos meses, viviendo la vida como la estoy programando —con orden, previsibilidad y estructura adulta— apareció un dato nuevo, inesperado y decisivo: tengo capacidad real de ahorro.
No es teoría: es número concreto.
Mientras avanzo con la restauración mecánica de La Taunus, ahora en manos de Antonio Tagle, que la está reparando de a poco y cobrándome en cuotas, pude ver algo que antes no veía.
La Taunus ya tieneel 60% de su mecánica restauradagracias a trabajos previos hechos con otros técnicos, con muchísimo sacrificio.
Lo que falta —ese 40% final— ya está en marcha.
Y cuando esa etapa termine, se abre un escenario completamente nuevo:
paso a tener capacidad de ahorro mensual estable
en dos años y medio puedo comprarme la Keeway K-Light 202 0 km
y en paralelo puedo armar un fondo de amortización para mi auto
Es decir: orden, movilidad y previsibilidad.
Tres pilares adultos que antes parecían incompatibles entre sí.
5. La elección adulta: Keeway K-Light 202
Después de tres décadas de idas y vueltas, el sueño de la chopper encontró su forma adulta: la Keeway K-Light 202.
No es la más potente.
No es la más ruidosa.
No es la más “moto de fantasía”.
Pero es:
estable
simple
reparable
económica
coherente con mi vida actual
alineada con el orden operativo 2026–2027
La Keeway no compite con la nostalgia: la reemplaza por algo mejor.
Es una moto que acompaña, no que exige.
Una herramienta, no un capricho.
Una decisión adulta, no un revival adolescente.
6. Lectura técnica y emocional del cambio
El sueño no se abandona: se depura.
La Eliminator representaba la fantasía juvenil.
La Jawa representaba la tentación estética.
La Keeway representa la madurez operativa.
Es la moto que se puede mantener, usar y disfrutar sin sacrificar orden, liquidez ni previsibilidad.
Es la moto que se integra al proyecto, no que lo complica.
Cierre ritual
El sueño legítimo de la chopper no murió: maduró.
Pasó de ser un símbolo a ser una decisión.
De ser un deseo a ser un instrumento.
De ser un recuerdo a ser una moto real, concreta y alcanzable.
La Keeway K-Light 202 no es la moto de los 90.
Es la moto del noveno septenio.
El fin de semana conocí a un mecánico que no estaba en mis planes. Se presentó por parte del grupo del Ford Taunus Córdoba: un hombre de unos setenta años, tranquilo, de esos que no necesitan demostrar nada. Me dijo que nunca vivió de la mecánica, aunque la estudió, y que tuvo cuatro Taunus restaurados por completo. Los conoce de memoria. Tiene las herramientas, los colegas que le dan una mano y los repuesteros amigos.
Mientras me contaba todo esto, yo iba creciendo en esperanza y confianza, como si finalmente apareciera alguien que entendiera a este auto tanto como yo.
Decidí llevarle la Taunus el lunes a su casa‑taller. La lluvia complicó todo: el auto se vuelve mañosa cuando el piso está mojado, y manejarla así fue un desafío. Además tuve que ir hasta Barrio Yofre, un lugar que no frecuento, y Google Maps insistía en mandarme por la circunvalación, justo por donde no podía meterme con el auto en ese estado. Si me paraba la Caminera, me lo sacaban sin dudar.
Aun así, en un momento no tuve opción y me metí. Pasé frente a un puesto policial con el corazón en la garganta, pero por suerte no estaban deteniendo vehículos.
Llegué estresado, pero llegué.
Antonio —así se llama el mecánico— me hizo pasar a su casa. Conversamos un rato, con calma, y le dejé el auto.
Al día siguiente me desperté con un ánimo pésimo. Empecé a desconfiar, a imaginar problemas, a pensar que quizá me había apurado. Pero hacia el final del día me envió su primer presupuesto. Respiré. Me alcanzaba para que comenzara con lo pactado.
Hoy es el tercer día de esta empresa hacia la restauración del 40% mecánico que le falta. Nos tocó salir juntos a buscar un repuesto difícil, uno que ya no se fabrica. Encontramos dos ejemplares, pero cuando Antonio retiró la pieza original del auto, comprobó que todavía tenía vida útil. Podíamos evitar el reemplazo.
Ese gesto —no venderme algo innecesario— me confirmó que estaba tratando con alguien honesto.
La síntesis es clara: ya tiene todos los repuestos para hacer el tren delantero completo y la dirección mecánica original.
Quedará para el mes que viene el embrague, si es que realmente está roto, porque tampoco es seguro. Y si hay que hacerlo, también reparará la caja de marchas, que hoy solo puede ser conducida por mí.
Así que finalmente comenzó el trabajo que tanto tiempo estuve esperando.
Antonio sabe perfectamente que cuento con cuotas de $300.000 para todo concepto —materiales y mano de obra— y está trabajando dentro de ese marco, sin presiones ni sorpresas.
Esta es la biografía reciente de La Taunus: una mezcla de paciencia, azar, confianza recuperada y un mecánico que apareció justo cuando tenía que aparecer.
Hay vínculos que no necesitan explicarse demasiado porque funcionan desde la simpleza. Con Nadia nos pasa eso: dos adultos que disfrutan salir, conversar, caminar un rato por la ciudad y compartir una buena merienda sin ningún subtexto escondido.
Lo nuestro no es una historia de expectativas ni de malentendidos. Es una amistad limpia, directa, donde cada uno ocupa su lugar con naturalidad. Ella disfruta estas salidas, yo también, y eso alcanza para que el encuentro tenga sentido.
No hay roles impuestos ni gestos que generen deuda. Cada uno cubre lo suyo, cada uno aporta su presencia y su humor. Y así, sin adornos, se arma un clima que vale la pena repetir.
A veces la vida adulta ofrece estos pequeños territorios de respiro: una mesa compartida, una charla honesta, una risa inesperada. Con Nadia, ese espacio está abierto y disponible. No necesita más que eso para ser valioso.