Hay decisiones que parecen menores, casi domésticas, pero que en realidad revelan cómo uno se relaciona con sus objetos, con sus tiempos y con la forma en que desea que las cosas encajen en el mundo.
La Taunus, por ejemplo, nunca fue solo un auto. Fue siempre un pequeño santuario móvil, un espacio donde cada detalle tiene su color, su ritmo y su historia.
Hace unos meses, después de años de espera, finalmente un electricista instaló el tablero nuevo. Sus luces naranjas encendieron una escena que yo venía imaginando desde hacía demasiado tiempo. Ese naranja cálido, casi retro, casi analógico, parecía decir: “Ahora sí, estamos completos.”
Pero no estábamos completos. El estéreo seguía siendo el viejo, el azulito. Ese azul frío que yo había logrado reparar con mis manos y que, por eso mismo, tenía un valor afectivo que no se compra ni se instala: se gana.
El azul del estéreo y el naranja del tablero convivían en una especie de pacto cromático accidental. No era lo que yo soñaba, pero tampoco molestaba. Era como esas cosas que uno acepta porque ya están ahí, porque funcionan, porque tienen historia.
Hasta que ayer Ely me contó que se había ganado un estéreo.
Me mostró la foto de la caja: las luces eran rojas o naranjas.
Me lo ofreció a bajo costo, en tres cuotas sin interés.
Y yo, sin pensarlo demasiado, decidí comprárselo.
La decisión de comprarlo fue inmediata.
La decisión de instalarlo, no.
Porque ahí apareció la pregunta que siempre aparece en mi vida:
¿Lo hago ahora o espero el momento exacto?
Averigüé el precio de la instalación: alrededor de $40.000.
Un número que en julio me incomoda, pero que en septiembre me resulta casi amable.
Y además, los de Car Audio lo prueban gratis en el banco: puedo ver con mis propios ojos si las luces son realmente naranjas, si ese nuevo estéreo pertenece al interior de La Taunus o si es apenas un objeto más.
La verdad es que no quiero instalar nada que no armonice con el tablero.
No quiero romper el pequeño equilibrio que ya existe.
No quiero jubilar al azulito antes de tiempo si no es para reemplazarlo por algo que realmente complete la escena.
Así que la decisión final es simple, casi ceremonial:
Primero ver el color.
Después esperar septiembre.
Y recién ahí, si el naranja es el naranja correcto, cerrar el círculo.
Mientras tanto, el estéreo azul seguirá cumpliendo su ciclo, como una pieza que sabe que su final no es un descarte sino una transición.
Y yo seguiré manejando La Taunus con esa mezcla de nostalgia y expectativa que siempre me acompaña cuando una luz, un sonido o un detalle mecánico se alinean con la historia que quiero contar.

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