No llegué a la ermitañez por accidente ni por derrumbe. Llegué caminando, con los ojos abiertos, después de haber vivido lo suficiente como para saber qué me expande y qué me reduce. No fue un retiro súbito ni una fuga emocional: fue un proceso lento, deliberado, casi artesanal, en el que fui despojando capas de ruido hasta quedarme con lo esencial.
Durante años viví inmerso en la coreografía familiar ampliada: almuerzos dominicales, rituales heredados, agendas compartidas, la “Familia Unita” que marcó una época. Cumplí con ese guion con la seriedad de quien respeta una tradición, pero también con la sensación íntima de que había algo en mí que pedía otro tipo de vida. No un aislamiento, sino un territorio propio.
La separación de 2016 no fue un quiebre: fue una puerta. Una puerta hacia un modo de estar en el mundo que ya venía gestándose desde mucho antes. Ahí apareció, con nombre propio, la figura del ermitaño. Pero no el ermitaño medieval, ni el asceta penitente, ni el solitario derrotado por la vida. Apareció el ermitaño urbano, el que vive en la ciudad pero no pertenece al ruido; el que elige la soledad como forma de lucidez, no como síntoma.
Mi ermitañez no nació de la carencia, sino del estudio. Pasé años leyendo a los Padres del Desierto, a los anacoretas, a los hesicastas, a los solitarios modernos que encontraron en el retiro una forma de pensamiento. No buscaba imitarlos: buscaba entender qué había en esa figura que resonaba conmigo. Y lo que encontré fue simple: la soledad elegida es un territorio de expansión, no de encierro.
Con el tiempo, esa forma de vida se volvió estilo. No una renuncia, sino una estética. No un encierro, sino un modo de habitar el mundo. El Clermont dejó de ser un departamento y se convirtió en una ermita laica: un espacio de orden, contemplación, estudio y creación. Un lugar donde la vida no se reduce: se afina.
La ermitañez estilista no es un rechazo a los otros. Es una forma de relación distinta: más lenta, más adulta, más elegida. No necesito estímulos externos para sentirme vivo. No necesito agendas ajenas para moverme. No necesito “primereos” ni empujones. Mi vida se sostiene sola, desde adentro, como una estructura que ya no depende del clima emocional de nadie.
Hoy, cuando salgo de la ermita, lo hago por gusto. Cuando participo de un ritual familiar, lo hago desde la libertad. Cuando acompaño a alguien, lo hago desde la elección, no desde la obligación. Y cuando vuelvo a mi territorio, vuelvo a mi centro.
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