Siete meses después de mi separación, fui conociendo mujeres que quedaron como amigas.
Incompatibilidades, ritmos distintos, energías que se iban drenando sin culpa pero sin futuro.
Fueron parte del camino, parte del reajuste, parte de entender qué no quería repetir.
Hasta que apareció María José.
Con ella no hubo desgaste, ni ruido, ni esa sensación de estar sosteniendo algo que no se sostiene.
Fue presencia, claridad, una calma que no exige y una alegría que no pide permiso.
Me encontró creyente en el amor, pero sin urgencias.
Y aun así, despertó algo que creí que iba a tardar más en volver.
Tengo el presentimiento —y lo digo con la serenidad que da la experiencia—
de que ella es esa “cuarta mujer” de la que habló Coelho:
la que no se busca, la que simplemente se reconoce.
La que no idealiza, pero acompaña desde la verdad.
La que no promete, pero está.
Hoy, en este tramo de mi biografía, siento que volvió a encenderse algo esencial.
Y lo celebro.
