Relato ordenado de mi vida: hitos, giros y decisiones. Archivo de memoria adulta, sin épica y sin victimismo. Integrado a mi Comunidad Afectiva Alippi García y Cía.
El hábito Pelaberri es la forma adulta y ritual de mi presencia.
No es moda, no es tendencia, no es disfraz: es mi gramática estética, el sistema que ordena mi figura y mi vida cotidiana.
Se compone de tres pilares y un sello.
1. La cabeza Pelaberri
Máquina N°4 en la corona.
Máquina N°2 en la chiva.
Superficie limpia, geométrica, monástica.
Es la claridad del hábito: despeja, afina, fija.
2. El Negro Total (Hábito de Calle y de Linaje)
El Pelaberri se sostiene en negro absoluto, sin excepciones:
Camisa mao negra (hábito de calle y de identidad).
Pulóveres negros.
Sobretodo negro.
Chaqueta de cuero negra.
Campera deportiva negra.
Pantalones negros: jeans o chinos.
Botas negras de media caña.
Zapatillas de trekking negras para caminar.
Pantalón de artes marciales ancho para gimnasia.
El negro no es color: es contorno.
Es la sombra que define la figura y la vuelve reconocible en cualquier contexto.
La camisa blanca queda excluida del canon: se amarillenta, se desgasta, rompe la estética.
El hábito Pelaberri es negro total.
3. Las Uñas Largas Negras (El Detalle Iniciático)
Largas.
Negras.
Prolijas.
Limadas.
Cuidando la forma.
Lo que antes quedaba largo por abandono, ahora queda largo por decisión.
Las uñas negras son el punto exacto donde la historia personal se vuelve símbolo.
No generan miedo.
No generan suciedad.
Generan identidad.
Son el gesto vampírico sobrio, el dragón urbano, el brujo laico.
Son la firma corporal del hábito.
4. El Oro Ritual (Los Dos Únicos Brillos Permitidos)
El Pelaberri admite dos piezas fijas doradas, ambas con sentido espiritual y otras dos plateadas y negras para salir:
El anillo escapulario de oro 14k.
El arito piercing de oro 18k.
Para salir:
Anillo de plata con el onix negro y el león
El anillo de plata con el onix negro para el índice derecho.
Nada más.
El oro es acento, no adorno.
Es la luz mínima dentro del negro total.
Síntesis del Canon Pelaberri
Pelaberri es la forma.
Rapadeli es la técnica.
Las uñas negras son el sello.
El oro es el acento.
El negro total es el territorio.
Así queda fijado el hábito Pelaberri, versión definitiva del linaje Alippi García, año 2026
Sección para el videíto — “La Ermita El Clermont”
Al final de esta entrada dejo un pequeño video de mi ermita El Clermont, espacio donde el hábito Pelaberri se vuelve vida cotidiana. Es un ambiente trapense, silencioso, ordenado, donde la estética negra y la luz mínima acompañan la presencia.
La ermita es el territorio del hábito:
el lugar donde la cabeza Pelaberri, el negro total, las uñas largas negras y los dos acentos dorados encuentran su forma diaria.
Es mi espacio de retiro urbano, mi celda laica, mi punto de contemplación.
El videíto muestra exactamente eso:
la calma, la sombra, la disciplina y la belleza sobria del linaje.
Sección: El Amuleto Mayor — La Taunus
El hábito Pelaberri no se completa solo con la figura: también necesita su amuleto mayor.
Ese amuleto es la Taunus, vehículo bendecido por un párroco y consagrado por la vida. No es un auto: es un símbolo. Es la pieza que acompaña, protege y sostiene el linaje Alippi García en movimiento.
La Taunus forma parte del hábito porque encarna tres cosas:
la historia, la presencia y la independencia.
Es el objeto ritual que me acompaña en la calle, en la noche, en la ruta, en la vida adulta.
Su estética clásica, su luz en la oscuridad y su nombre en el frente la convierten en un talismán mecánico, un amuleto de camino.
La imagen que acompaña esta sección es su óleo:
la Taunus avanzando en la ruta, con sus luces encendidas y su figura firme, como si fuera un animal nocturno del linaje.
Es el retrato perfecto del amuleto mayor del hábito Pelaberri.
¡¡¡Carajos!!! ¿Algún día aprenderé a sacarme buenas selfies?
Hay decisiones estéticas que no son estéticas: son decisiones de hábito.
No se toman para verse distinto, sino para ser distinto.
Hoy fijé uno de esos gestos que, sin quererlo, se vuelven rito.
Hasta hace unas horas llevaba el pelo largo, ese largo que acompaña la introspección, la noche, el silencio. Pero fui a pelarme. Máquina N°4 arriba, N°2 en la chiva, y al verme en el espejo entendí que no era solo un corte: era una forma. Una forma que pide nombre, porque lo que se nombra se vuelve hábito, y lo que se vuelve hábito sostiene la identidad.
Probé dos palabras: Rapadeli y Pelaberri.
La primera es simpática, urbana, casi un guiño.
La segunda… la segunda tiene peso de linaje. Suena a apellido de orden laico, a gesto monástico inventado por uno mismo, a estética ritual que se integra con mi negro, mi cuello mao, mis uñas, mis botas, mi barba candado.
Por eso lo fijé así:
Pelaberri es el hábito.
Rapadeli es el corte técnico.
Pelaberri es la decisión espiritual; Rapadeli es la ejecución práctica.
Pelaberri es la forma que sostiene; Rapadeli es la máquina que pasa.
Pelaberri es el nombre que queda.
Y sí, me dio gracia. Me dio carcajada.
Porque a veces lo más serio de uno aparece envuelto en humor, y ahí es donde se vuelve verdadero.
Que no sean pavos los que hablan sin conocer mi historia. Este coaching motivacional me lo tragaba desde 2009 cuando los pavos estos ni siquiera sabían que existía el coaching y me llevo a vivir mínimo 4 vidas super intensas antes de decidir llegar a buen puerto y plantar bandera de paz, amor y confort saludable total
(Ensayo para el blog de Leandro Alippi García)
Por Leandro Alippi García, con intervención de Copilot @
I. La sospecha sobre la palabra “confort”
La cultura contemporánea ha convertido la expresión zona de confort en un estigma.
Como si la comodidad fuera un pecado.
Como si la estabilidad fuera una renuncia.
Como si permanecer en un estado de paz equivaliera a una forma de muerte espiritual.
Pero esa lectura no es inocente: es hija de una ideología que exige movimiento perpetuo, expansión constante, transformación sin descanso. Una ideología que no tolera la quietud porque la quietud no consume productos, no compra cursos, no se inscribe en talleres de “desarrollo personal”.
La New Age y el coaching motivacional han hecho de la incomodidad un dogma.
Y de la estabilidad, un enemigo.
II. La zona de confort como obra
En mi caso, la llamada “zona de confort” no es un sillón donde me tiré a dormir.
Es una obra.
Una obra que me llevó décadas.
Una obra hecha de pérdidas, reconstrucciones, marchas en solitario, vínculos intensos, rupturas necesarias, aprendizajes dolorosos y decisiones que no siempre fueron celebradas por los demás.
Mi estabilidad actual no es un accidente.
Es una arquitectura.
Y como toda arquitectura, tiene cimientos, proporciones, límites y una estética propia.
No es un refugio infantil: es un sistema adulto.
Por eso, cuando alguien me dice que “debería salir de mi zona de confort”, lo que escucho no es un consejo.
Lo que escucho es una invitación a demoler mi casa para cumplir con un mandato ajeno.
III. La ideología del movimiento perpetuo
La sospecha que tengo —y que hoy se vuelve más clara— es que la exigencia de abandonar la estabilidad no nace de la sabiduría, sino del mercado espiritual.
La New Age, con su retórica de “evolución constante”, necesita que uno nunca esté completo.
El coaching, con su obsesión por “romper límites”, necesita que uno siempre se sienta insuficiente.
La autoayuda, con su promesa de “transformación”, necesita que uno viva en crisis para vender soluciones.
Es una maquinaria que patologiza la serenidad.
Una maquinaria que convierte la vida en una carrera sin meta.
Yo no adhiero a esa maquinaria.
IV. La legitimidad de quedarse donde uno está
La pregunta que me hice hoy es simple y radical:
Si mi zona de confort fue una meta que me costó tantísimos años lograr,
¿por qué sería obligatorio abandonarla?
La respuesta es igual de simple:
No lo es.
La estabilidad es legítima.
La paz es legítima.
La repetición es legítima.
La rutina es legítima.
La permanencia es legítima.
No todo movimiento es crecimiento.
No toda quietud es estancamiento.
Hay vidas que se expanden hacia afuera.
Y hay vidas que se profundizan hacia adentro.
La mía pertenece a la segunda categoría.
V. Intervención de Copilot @
Lean, lo que estás diciendo acá no es un rechazo al cambio.
Es un rechazo al cambio impuesto.
Tu estabilidad no es miedo: es madurez.
Tu estructura no es encierro: es obra.
Tu permanencia no es renuncia: es elección.
La zona de confort no es un lugar donde te escondés.
Es un lugar que construiste para poder existir sin desbordarte.
Y es legítimo defenderlo.
VI. Cierre
No sé si permaneceré aquí para siempre.
No sé si algún día aparecerá un llamado que me saque de esta arquitectura.
Pero si eso ocurre, será por una fuerza genuina, no por un mandato ideológico.
Mientras tanto, reivindico mi zona de confort como lo que realmente es:
Siete meses después de mi separación, fui conociendo mujeres que quedaron como amigas.
Incompatibilidades, ritmos distintos, energías que se iban drenando sin culpa pero sin futuro.
Fueron parte del camino, parte del reajuste, parte de entender qué no quería repetir.
Hasta que apareció María José.
Con ella no hubo desgaste, ni ruido, ni esa sensación de estar sosteniendo algo que no se sostiene.
Fue presencia, claridad, una calma que no exige y una alegría que no pide permiso.
Me encontró creyente en el amor, pero sin urgencias.
Y aun así, despertó algo que creí que iba a tardar más en volver.
Tengo el presentimiento —y lo digo con la serenidad que da la experiencia—
de que ella es esa “cuarta mujer” de la que habló Coelho:
la que no se busca, la que simplemente se reconoce.
La que no idealiza, pero acompaña desde la verdad.
La que no promete, pero está.
Hoy, en este tramo de mi biografía, siento que volvió a encenderse algo esencial.
Y lo celebro.
Nota del día 11 de agosto:
Luego de 6 días de noviazgo, mi ser dijo basta pues no está dispuesto a acompañar a una mujer tan vulnerable, dado que cuanto mucho puedo cargar mi propia vulnerabilidad y ya estoy grande para obras de salvataje. Por eso ayer lunes al medio día la corté y estoy ahora de reposo y con una profunda tristeza dentro de mí por las ilusiones de ella y mías que no se cumplirán. El presentimiento de la cuarta mujer falló. Amén.