sábado, 7 de marzo de 2026

Crónica de mis últimos amores, ya en la etapa ermitaño.


 🌒 Mi escena del 2017 — el año plural

El 2017 fue mi año single. Un año abierto, expansivo, donde no buscaba exclusividad ni estructura fija. Me movía entre vínculos distintos, cada uno con su propio clima, su propia función, su propio modo de acompañarme. No competían entre sí: formaban un sistema vivo que me sostuvo mientras yo exploraba.

Con la psicóloga, a quien la han nombrado espiritualmente en el mundo del yoga, Devi Madhurīyā Dāsī, viví la parte más dulce del año. Con ella aparecía la intimidad suave, el juego emocional, la posibilidad de sentir sin quedar atrapado. Era la dulzura del sistema, la parte más cálida de ese tiempo.

Con Adriana, la enfermerita del mundo, la historia fue distinta. Ella tenía una sensibilidad especial, una intuición fina, casi anticipatoria. Era la función de cuidado, la presencia que sostenía desde un costado sin reclamar nada. Su muerte durante la pandemia cerró su capítulo de manera definitiva. No quedó nada pendiente entre nosotros: su lugar en mi vida está completo y en paz.

Con Ana, la Capricorniada, aparecía el orden. Ella trabajaba como secretaria ejecutiva en un estudio jurídico previsional, y traía exactamente eso: estructura, realidad, papeles, horarios, mundo concreto. Mientras yo me expandía, ella devolvía forma. Era el marco adulto dentro de un año que por momentos se abría demasiado.

Y yo, en el centro móvil de todo eso, probando, abriendo, explorando sin necesidad de fijar nada. Ese fue mi 2017: dulzura, cuidado, estructura, y yo moviéndome entre esas tres fuerzas sin pedirles más de lo que podían dar.

🌕 2018 — la entrada de Analía y el cambio de régimen

En 2018 llegó Analía. Y con ella cambió todo.
No se sumó al sistema del 2017: lo reemplazó por completo.

Su nombre espiritual —Prema Amṛita Devī— siempre me pareció exacto:
amor esencial, sustancia inmortal, figura central.

Con ella viví ocho años de noviazgo convivencial, desde el 21 de enero del 2018 hasta el 23 de enero de 2026. Ocho años que no fueron una etapa: fueron una vida entera dentro de mi vida. Una casa, un proyecto, un modo de estar en vínculo que no se parecía a nada anterior.

Y aunque el noviazgo formal terminó, la convivencia afectiva continúa.
Sigo yendo y viniendo a su casa y ella a la mía, continuo en el territorio tanto geográfico como virtual, sigo en el vínculo.
Sus hijas —quedaron como mis hijastras— siguen siendo parte de mi escena cotidiana, no por obligación, sino por continuidad natural. No hubo ruptura: hubo transformación. No hubo pérdida: hubo reconfiguración.

🌗Hoy miro hacia atrás y veo el mapa completo:

  • 2017 fue mi año plural, sostenido por tres funciones: dulzura, cuidado y estructura.

  • 2018–23 de enero de 2026 fue mi año "Eón" unitario, con Analía como centro afectivo, hogar y familia.

  • Ahora estoy en la etapa post: la convivencia afectiva sigue, las hijas siguen siendo hijastras, y yo sigo siendo parte del territorio emocional, geográfico y virtual que construimos juntos.

  • Analía me enseñó a ser turistas livianos, pues, aunque al principio viajábamos de Villa María a Córdoba ida y vuelta en nuestros autos, a ella se le ocurrió que viajáramos en omnibus y así lo empezamos a hacer. Cuando andábamos por su ciudad o la mía siempre estábamos con nuestras mochilas y adentro llevábamos el termo con el mate, o con café y comíamos alguna viandita en cualquier plaza o parque. Ella me enseño la vida austera y a ser un "no necesitador". Sin embargo, no faltaron las oportunidades para darnos nuestros gustitos como hospedarnos en lo de nuestras amigas las Monjas Benedictinas con pensión completa y a voluntad o cuando fuimos a comer comida china diente libre y muchos otros programas de lo más divertidos.

No es nostalgia.
No es drama.
Es mi memoria ordenada.
Y así la dejo escrita.



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