A Soledad, compañera de juventud, de caminos y de primeras veces
Soledad fue mi primera esposa civil y uno de los grandes amores de mi vida. Con ella viví los años jóvenes, los de la risa fácil, el cuerpo liviano y el mundo abierto. Ella llamaba a mi papá Caballero, y aunque él —en uno de esos días torcidos— le dijo que no lo era, Sole no se equivocaba: él era un caballero de los de antes, y ese modo de verlo también decía algo de ella y de lo que veía en mí.
Con Sole hice mis primeros campamentos de verdad: las Sierras Chicas, Flor Serrana, los lugares inhóspitos que nos gustaban porque no había nadie. Después las Sierras Grandes, el Champaquí, Los Gigantes, las noches en cuevas, el cansancio feliz. También viajamos al Caribe colombiano en nuestra luna de miel, a ese bosque de palmeras que terminaba en el mar dentro de la reserva de Tairona. Y más tarde Machu Picchu, Bolivia, Perú, los viajes de trotamundos con sus hermanas Guadalupe y Verónica y sus novios, todos amontonados en la clase turista, riéndonos de todo.
Soledad me conoció en el momento exacto en que mi patología se desencadenó. Fue testigo de mis primeras euforias, de mis manías sin nombre, de un desorden que en ese tiempo era demasiado virulento para cualquiera. Ella no pudo resistirlo, y cuando se fue me dijo que yo estaba perdiendo el norte. Tenía razón. Y aun así, lo que vivimos fue real, hermoso y formativo.
Cuando se emparejó con el hombre con el que está hasta hoy y quedó embarazada, me dijo que iba a criar a su hijo Santiago como un chico campamentero. No sé si lo hizo, pero me quedó grabado ese gesto: la continuidad de algo que habíamos construido juntos.
Soledad me llamaba Nanito. Hace poco entendí por qué: le gustaba mi humor tierno y absurdo, ese costado García, teatral, donde vive justamente mi apodo Nano. Con ella y con su hermana gemela Guadalupe fui fotógrafo, y les saqué algunas de las mejores fotos que hice en mi vida. Eran mis mejores modelos. Esas fotos las quemé en un acto de duelo brutal, pero la belleza de esos momentos sigue intacta en mi memoria.
Soledad fue un amor grande, joven, luminoso y doloroso. Este homenaje es para agradecerle lo que fuimos, lo que aprendí, lo que quedó y lo que se transformó.

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