Homenaje a Analía mi conviviente — El Eón Adulto
Analía no pertenece a la etapa de la juventud ni a la de la recomposición. No es un amor de tránsito, ni de aventura, ni de refugio. Su lugar en mi vida es otro: es un Eón, una etapa completa, adulta, lúcida, donde ya no había que aprender a amar sino sostener, acompañar y habitar la vida con claridad.
La conocí cuando yo ya estaba formado, cuando mis ascensos estaban definidos y mi modo adulto de funcionamiento era estable. No llegó para rescatarme ni para iniciarme: llegó para acompañarme en la etapa más larga, más sobria y más consciente de mi vida afectiva.
Con Analía viví un amor sin estridencias, sin épica, sin dramatismos. Un amor de presencia, de continuidad, de cotidianeidad adulta. Ella fue —y sigue siendo— una figura axial en mi biografía: alguien que supo estar, que supo ver, que supo sostener sin invadir y acompañar sin absorber.
Con ella compartí años de estabilidad, de orden, de vida real. No hubo viajes iniciáticos ni campamentos épicos: hubo madurez, hubo hogar, hubo presencia. Y eso, en mi biografía, tiene un peso mayor que cualquier aventura.
Analía fue testigo y compañera de mis años más largos y más estables. Fue parte de mi vida cuando yo ya no era el joven campamentero ni el hombre en transición, sino el adulto que había encontrado su forma. En ese sentido, su lugar es único: no pertenece al pasado, pertenece a la estructura.
Cuando nuestra relación cambió de forma, no se rompió el vínculo. Se transformó en algo más sobrio, más adulto, más acorde a lo que somos hoy. Y en esa transformación quedó lo esencial: el cariño, la gratitud, la historia compartida y la presencia que no se borra.
Este homenaje es para agradecerle su lugar en mi vida, su compañía en el tramo más largo, su modo de estar, su claridad y su forma adulta de querer.

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