Relato ordenado de mi vida: hitos, giros y decisiones. Archivo de memoria adulta, sin épica y sin victimismo. Integrado a mi Comunidad Afectiva Alippi García y Cía.
Analía no pertenece a la etapa de la juventud ni a la de la recomposición. No es un amor de tránsito, ni de aventura, ni de refugio. Su lugar en mi vida es otro: es un Eón, una etapa completa, adulta, lúcida, donde ya no había que aprender a amar sino sostener, acompañar y habitar la vida con claridad.
La conocí cuando yo ya estaba formado, cuando mis ascensos estaban definidos y mi modo adulto de funcionamiento era estable. No llegó para rescatarme ni para iniciarme: llegó para acompañarme en la etapa más larga, más sobria y más consciente de mi vida afectiva.
Con Analía viví un amor sin estridencias, sin épica, sin dramatismos. Un amor de presencia, de continuidad, de cotidianeidad adulta. Ella fue —y sigue siendo— una figura axial en mi biografía: alguien que supo estar, que supo ver, que supo sostener sin invadir y acompañar sin absorber.
En el Eón Analía aprendí la forma adulta del cariño:
la que no exige, la que no dramatiza, la que no se impone.
La que acompaña.
La que permanece.
La que entiende.
Con ella compartí años de estabilidad, de orden, de vida real. No hubo viajes iniciáticos ni campamentos épicos: hubo madurez, hubo hogar, hubo presencia. Y eso, en mi biografía, tiene un peso mayor que cualquier aventura.
Analía fue testigo y compañera de mis años más largos y más estables. Fue parte de mi vida cuando yo ya no era el joven campamentero ni el hombre en transición, sino el adulto que había encontrado su forma. En ese sentido, su lugar es único: no pertenece al pasado, pertenece a la estructura.
Cuando nuestra relación cambió de forma, no se rompió el vínculo. Se transformó en algo más sobrio, más adulto, más acorde a lo que somos hoy. Y en esa transformación quedó lo esencial: el cariño, la gratitud, la historia compartida y la presencia que no se borra.
Este homenaje es para agradecerle su lugar en mi vida, su compañía en el tramo más largo, su modo de estar, su claridad y su forma adulta de querer.
Gracias, Analía.
Por el Eón.
Por la presencia.
Por la continuidad.
Por haber sido parte de mi vida adulta con una dignidad y una sobriedad que honran todo lo que fuimos.
A Soledad, compañera de juventud, de caminos y de primeras veces
Soledad fue mi primera esposa civil y uno de los grandes amores de mi vida. Con ella viví los años jóvenes, los de la risa fácil, el cuerpo liviano y el mundo abierto. Ella llamaba a mi papá Caballero, y aunque él —en uno de esos días torcidos— le dijo que no lo era, Sole no se equivocaba: él era un caballero de los de antes, y ese modo de verlo también decía algo de ella y de lo que veía en mí.
Con Sole hice mis primeros campamentos de verdad: las Sierras Chicas, Flor Serrana, los lugares inhóspitos que nos gustaban porque no había nadie. Después las Sierras Grandes, el Champaquí, Los Gigantes, las noches en cuevas, el cansancio feliz. También viajamos al Caribe colombiano en nuestra luna de miel, a ese bosque de palmeras que terminaba en el mar dentro de la reserva de Tairona. Y más tarde Machu Picchu, Bolivia, Perú, los viajes de trotamundos con sus hermanas Guadalupe y Verónica y sus novios, todos amontonados en la clase turista, riéndonos de todo.
Soledad me conoció en el momento exacto en que mi patología se desencadenó. Fue testigo de mis primeras euforias, de mis manías sin nombre, de un desorden que en ese tiempo era demasiado virulento para cualquiera. Ella no pudo resistirlo, y cuando se fue me dijo que yo estaba perdiendo el norte. Tenía razón. Y aun así, lo que vivimos fue real, hermoso y formativo.
Cuando se emparejó con el hombre con el que está hasta hoy y quedó embarazada, me dijo que iba a criar a su hijo Santiago como un chico campamentero. No sé si lo hizo, pero me quedó grabado ese gesto: la continuidad de algo que habíamos construido juntos.
Soledad me llamaba Nanito. Hace poco entendí por qué: le gustaba mi humor tierno y absurdo, ese costado García, teatral, donde vive justamente mi apodo Nano. Con ella y con su hermana gemela Guadalupe fui fotógrafo, y les saqué algunas de las mejores fotos que hice en mi vida. Eran mis mejores modelos. Esas fotos las quemé en un acto de duelo brutal, pero la belleza de esos momentos sigue intacta en mi memoria.
Soledad fue un amor grande, joven, luminoso y doloroso. Este homenaje es para agradecerle lo que fuimos, lo que aprendí, lo que quedó y lo que se transformó.
Gracias, Sole.
Por los caminos, por las cuevas, por el Caribe, por Machu Picchu, por tu humor, por tu mirada, por tu forma de nombrarme y de nombrar a mi papá.
Gracias por haber sido mi primera compañera adulta en el mundo.
A Ely, hermana mayor intelectual y guardiana de un tramo decisivo de mi vida
Entre 2004 y 2016 compartimos una casa que no era solo una casa: era un laboratorio de vida, un refugio, un territorio de transición y descubrimiento. En esos años —los últimos de mi cohabitación matrimonial— tu hogar se volvió también mi espacio de recomposición. Lo habitamos con belleza, con trabajo y con ciencia: lo subdividimos, lo reordenamos, lo mejoramos. Cambiamos pisos, baños, dependencias, y levantamos una terraza con asador que todavía lleva tu firma y la mía.
Vos, eneatipo 5 luminosa, fuiste la primera que me enseñó a ocupar un living como si fuera una ermita. Me cediste tu propio espacio sin dramatismo, con esa generosidad científica y silenciosa que te caracteriza. Ese living fue mi primer refugio real, el lugar donde empecé a procesar lo que vendría después.
Vos también fuiste quien me volvió a sacar al mundo cuando yo ya no quería viajar. Me llevaste a los Siete Lagos, a San Martín de los Andes, al Calafate, a Ushuaia, al faro del fin del mundo, a la estafeta postal más austral del planeta. Después Lima, Miraflores, y el ascenso a Machu Picchu donde sellé mi pasaporte español. Cada viaje fue una forma de devolverme al movimiento, de recordarme que la vida seguía.
Compartimos también la protección: los perros, los labradores, Mia en la mochilita, los campamentos, la carpa enorme con dos dormitorios. Fueron mis últimos campamentos, y fueron con vos.
Cuando finalmente me mudé al rancho de lujo que bauticé El Refugio, algo en vos se quebró. Lo entendí tarde, pero lo entendí. La ruptura de la cohabitación fue también una ruptura simbólica, y aun así, con el tiempo, quedó lo esencial: el cariño, la hermandad intelectual, la gratitud.
Hoy te sigo queriendo como amiga, como hermana mayor científica, como una de las personas que más influyó en mi vida adulta. Este homenaje es mi forma de dejarlo escrito, claro y suficiente.
Gracias, Ely.
Por la casa, por los viajes, por los perros, por el living, por la ciencia, por la compañía, por la aventura y por la hermandad.
El 2017 fue mi año single. Un año abierto, expansivo, donde no buscaba exclusividad ni estructura fija. Me movía entre vínculos distintos, cada uno con su propio clima, su propia función, su propio modo de acompañarme. No competían entre sí: formaban un sistema vivo que me sostuvo mientras yo exploraba.
Con la psicóloga, a quien la han nombrado espiritualmente en el mundo del yoga, Devi Madhurīyā Dāsī, viví la parte más dulce del año. Con ella aparecía la intimidad suave, el juego emocional, la posibilidad de sentir sin quedar atrapado. Era la dulzura del sistema, la parte más cálida de ese tiempo.
Con Adriana, la enfermerita del mundo, la historia fue distinta. Ella tenía una sensibilidad especial, una intuición fina, casi anticipatoria. Era la función de cuidado, la presencia que sostenía desde un costado sin reclamar nada. Su muerte durante la pandemia cerró su capítulo de manera definitiva. No quedó nada pendiente entre nosotros: su lugar en mi vida está completo y en paz.
Con Ana, la Capricorniada, aparecía el orden. Ella trabajaba como secretaria ejecutiva en un estudio jurídico previsional, y traía exactamente eso: estructura, realidad, papeles, horarios, mundo concreto. Mientras yo me expandía, ella devolvía forma. Era el marco adulto dentro de un año que por momentos se abría demasiado.
Y yo, en el centro móvil de todo eso, probando, abriendo, explorando sin necesidad de fijar nada. Ese fue mi 2017: dulzura, cuidado, estructura, y yo moviéndome entre esas tres fuerzas sin pedirles más de lo que podían dar.
🌕 2018 — la entrada de Analía y el cambio de régimen
En 2018 llegó Analía. Y con ella cambió todo.
No se sumó al sistema del 2017: lo reemplazó por completo.
Su nombre espiritual —Prema Amṛita Devī— siempre me pareció exacto:
amor esencial, sustancia inmortal, figura central.
Con ella viví ocho años de noviazgo convivencial, desde el 21 de enero del 2018 hasta el 23 de enero de 2026. Ocho años que no fueron una etapa: fueron una vida entera dentro de mi vida. Una casa, un proyecto, un modo de estar en vínculo que no se parecía a nada anterior.
Y aunque el noviazgo formal terminó, la convivencia afectiva continúa.
Sigo yendo y viniendo a su casa y ella a la mía, continuo en el territorio tanto geográfico como virtual, sigo en el vínculo.
Sus hijas —quedaron como mis hijastras— siguen siendo parte de mi escena cotidiana, no por obligación, sino por continuidad natural. No hubo ruptura: hubo transformación. No hubo pérdida: hubo reconfiguración.
🌗Hoy miro hacia atrás y veo el mapa completo:
2017 fue mi año plural, sostenido por tres funciones: dulzura, cuidado y estructura.
2018–23 de enero de 2026 fue mi año "Eón" unitario, con Analía como centro afectivo, hogar y familia.
Ahora estoy en la etapa post: la convivencia afectiva sigue, las hijas siguen siendo hijastras, y yo sigo siendo parte del territorio emocional, geográfico y virtual que construimos juntos.
Analía me enseñó a ser turistas livianos, pues, aunque al principio viajábamos de Villa María a Córdoba ida y vuelta en nuestros autos, a ella se le ocurrió que viajáramos en omnibus y así lo empezamos a hacer. Cuando andábamos por su ciudad o la mía siempre estábamos con nuestras mochilas y adentro llevábamos el termo con el mate, o con café y comíamos alguna viandita en cualquier plaza o parque. Ella me enseño la vida austera y a ser un "no necesitador". Sin embargo, no faltaron las oportunidades para darnos nuestros gustitos como hospedarnos en lo de nuestras amigas las Monjas Benedictinas con pensión completa y a voluntad o cuando fuimos a comer comida china diente libre y muchos otros programas de lo más divertidos.
(versión adulta, fiel al certificado y sin nombres propios)
Hago constar que, conforme a la revisión clínica realizada por un profesional especialista en medicina de familia y medicina generalista, y de acuerdo con lo asentado en el certificado manuscrito que obra en mi archivo personal —guardado en mi baúl documental, donde conservo piezas desde antes de ejercer como abogado—, mi estado de salud físico y clínico se encuentra en buen estado y bajo buen control.
El profesional, luego de la entrevista y el examen físico completo, dejó consignado por escrito que mi condición se halla estable, sin hallazgos que impidan el desenvolvimiento cotidiano, y que el control clínico es adecuado. A las pruebas me remito: el certificado original, fechado y firmado, se encuentra resguardado entre mis documentos personales de colección.
✦ Lectura adulta del contenido
El certificado, aunque redactado en términos poco convencionales, deja asentado lo siguiente:
Que fui examinado presencialmente.
Que mi estado general es bueno.
Que el control clínico es favorable.
Que no se registran elementos que ameriten restricciones inmediatas.
El lenguaje críptico no invalida el contenido: simplemente evita compromisos institucionales formales, algo habitual en médicos clínicos que prefieren constatar hechos sin emitir “aptos” explícitos.
✦ Síntesis
Mi estado de salud físico y clínico se encuentra en buen estado y bajo buen control, conforme lo constatado por un médico especialista en medicina de familia y medicina generalista, y así registrado en el certificado manuscrito que conservo en mi archivo personal.