sábado, 11 de abril de 2026

El sueño legítimo de la chopper (1995–2026)


Este artículo proviene de este anterior:


Lo que parecía una renuncia, vuelve a cobrar ímpetu cuando descubro mi capacidad de ahorro para la moto, por una parte y de amortización de La Taunus por la otra. (Clic Acá)

**De la fantasía mecánica a la elección adulta**

1. El origen del sueño (años 90)

El sueño legítimo de la chopper nació temprano, en los años 90, cuando la imagen de una moto larga, baja y silenciosa funcionaba como una promesa de libertad ordenada. No era rebeldía: era estética, proporción y serenidad mecánica. Ese sueño quedó flotando durante décadas, esperando su forma correcta.

2. Primera encarnación: Kawasaki Eliminator 1995

La primera materialización seria fue la Kawasaki Eliminator 1995, una pieza de colección que todavía hoy podría estar en un museo. Pero la mecánica no negocia: cuando descubrí que perdía aceite, la descarté sin drama. Una lectura quirúrgica, reforzada por una revelación de la Mater: si pierde aceite, no es para vos. Fin del capítulo.

3. Segunda tentación: Jawa Daytona 350

Años después apareció la Jawa Daytona 350. Hermosa, seductora, con presencia. Pero detrás del encanto había una verdad operativa imposible de ignorar:

  • casi todos sus componentes son chinos

  • los repuestos son difíciles de conseguir

  • el servicio postventa es errático

  • la logística de mantenimiento es incompatible con un proyecto de orden

Una moto que enamora, sí, pero que exige una estructura que hoy no corresponde a mi vida ni a mi orden operativo.

4. El descubrimiento reciente: orden, restauración y capacidad real de ahorro

En estos últimos meses, viviendo la vida como la estoy programando —con orden, previsibilidad y estructura adulta— apareció un dato nuevo, inesperado y decisivo: tengo capacidad real de ahorro.

No es teoría: es número concreto.

Mientras avanzo con la restauración mecánica de La Taunus, ahora en manos de Antonio Tagle, que la está reparando de a poco y cobrándome en cuotas, pude ver algo que antes no veía. La Taunus ya tiene el 60% de su mecánica restaurada gracias a trabajos previos hechos con otros técnicos, con muchísimo sacrificio. Lo que falta —ese 40% finalya está en marcha.

Y cuando esa etapa termine, se abre un escenario completamente nuevo:

  • paso a tener capacidad de ahorro mensual estable

  • en dos años y medio puedo comprarme la Keeway K-Light 202 0 km

  • y en paralelo puedo armar un fondo de amortización para mi auto

Es decir: orden, movilidad y previsibilidad. Tres pilares adultos que antes parecían incompatibles entre sí.

5. La elección adulta: Keeway K-Light 202

Después de tres décadas de idas y vueltas, el sueño de la chopper encontró su forma adulta: la Keeway K-Light 202.

No es la más potente. No es la más ruidosa. No es la más “moto de fantasía”.

Pero es:

  • estable

  • simple

  • reparable

  • económica

  • coherente con mi vida actual

  • alineada con el orden operativo 2026–2027

La Keeway no compite con la nostalgia: la reemplaza por algo mejor. Es una moto que acompaña, no que exige. Una herramienta, no un capricho. Una decisión adulta, no un revival adolescente.

6. Lectura técnica y emocional del cambio

El sueño no se abandona: se depura. La Eliminator representaba la fantasía juvenil. La Jawa representaba la tentación estética. La Keeway representa la madurez operativa.

Es la moto que se puede mantener, usar y disfrutar sin sacrificar orden, liquidez ni previsibilidad. Es la moto que se integra al proyecto, no que lo complica.

Cierre ritual

El sueño legítimo de la chopper no murió: maduró. Pasó de ser un símbolo a ser una decisión. De ser un deseo a ser un instrumento. De ser un recuerdo a ser una moto real, concreta y alcanzable.

La Keeway K-Light 202 no es la moto de los 90. Es la moto del noveno septenio.

Y eso la vuelve, finalmente, la correcta.



miércoles, 8 de abril de 2026

Biografía de La Taunus



El fin de semana conocí a un mecánico que no estaba en mis planes. Se presentó por parte del grupo del Ford Taunus Córdoba: un hombre de unos setenta años, tranquilo, de esos que no necesitan demostrar nada. Me dijo que nunca vivió de la mecánica, aunque la estudió, y que tuvo cuatro Taunus restaurados por completo. Los conoce de memoria. Tiene las herramientas, los colegas que le dan una mano y los repuesteros amigos.

Mientras me contaba todo esto, yo iba creciendo en esperanza y confianza, como si finalmente apareciera alguien que entendiera a este auto tanto como yo.

Decidí llevarle la Taunus el lunes a su casa‑taller. La lluvia complicó todo: el auto se vuelve mañosa cuando el piso está mojado, y manejarla así fue un desafío. Además tuve que ir hasta Barrio Yofre, un lugar que no frecuento, y Google Maps insistía en mandarme por la circunvalación, justo por donde no podía meterme con el auto en ese estado. Si me paraba la Caminera, me lo sacaban sin dudar.
Aun así, en un momento no tuve opción y me metí. Pasé frente a un puesto policial con el corazón en la garganta, pero por suerte no estaban deteniendo vehículos.
Llegué estresado, pero llegué.

Antonio —así se llama el mecánico— me hizo pasar a su casa. Conversamos un rato, con calma, y le dejé el auto.
Al día siguiente me desperté con un ánimo pésimo. Empecé a desconfiar, a imaginar problemas, a pensar que quizá me había apurado. Pero hacia el final del día me envió su primer presupuesto. Respiré. Me alcanzaba para que comenzara con lo pactado.

Hoy es el tercer día de esta empresa hacia la restauración del 40% mecánico que le falta. Nos tocó salir juntos a buscar un repuesto difícil, uno que ya no se fabrica. Encontramos dos ejemplares, pero cuando Antonio retiró la pieza original del auto, comprobó que todavía tenía vida útil. Podíamos evitar el reemplazo.
Ese gesto —no venderme algo innecesario— me confirmó que estaba tratando con alguien honesto.

La síntesis es clara: ya tiene todos los repuestos para hacer el tren delantero completo y la dirección mecánica original.
Quedará para el mes que viene el embrague, si es que realmente está roto, porque tampoco es seguro. Y si hay que hacerlo, también reparará la caja de marchas, que hoy solo puede ser conducida por mí.

Así que finalmente comenzó el trabajo que tanto tiempo estuve esperando.
Antonio sabe perfectamente que cuento con cuotas de $300.000 para todo concepto —materiales y mano de obra— y está trabajando dentro de ese marco, sin presiones ni sorpresas.

Esta es la biografía reciente de La Taunus: una mezcla de paciencia, azar, confianza recuperada y un mecánico que apareció justo cuando tenía que aparecer.

martes, 7 de abril de 2026

Agradecimiento a las hermanas Berra y en especial a Verónica



Hoy quiero dejar unas palabras que me nacen desde un lugar sereno y agradecido.
Van dirigidas a una familia que fue parte esencial de mi vida: las hermanas Berra.

Primero, mi respeto y mi abrazo para las tres mayores, las morochas (al menos en mi época, puesto que en sus últimos días Dolores también estaba rubia):
Dolores —la primogénita, hoy ya partida—, Alejandra y Gabriela.
Cada una, a su modo, formó parte de un tiempo que recuerdo con afecto y gratitud.

Y también para las tres menores, las rubias:
Verónica, la melliza Guadalupe, y Soledad, mi primera esposa civil.
Con ellas compartí no solo familia, sino amistad, complicidad y años de vida real.

Hay algo que siempre guardé con especial cariño:
fue Verónica quien me presentó a su compañera de Medicina Preventiva, en el lugar donde trabajó toda su vida.
Así conocí a Ely, con quien estuve casado entre 2004 y 2017.
Durante esos años, nuestras dos familias —la de Verónica y Emilio, y nuestra pequeña familia atómica con Ely— compartimos cenas, risas, anécdotas y hasta nuestras primeras conversaciones esotéricas… aun cuando Emilio, católico tradicionalista, prefería mantenerse al margen de esos temas.

Después vino el tiempo del dolor y la distancia.
Cuando inicié la nulidad del matrimonio sacramental para poder casarme nuevamente, la relación se enfrió.
La vida siguió su curso, y yo también.
Mi tercer matrimonio no prosperó, y hoy —parece— Dios me tiene reservado otro camino: la soltería adulta, consciente, estable.

Y desde ese lugar escribo esto.
No para remover nada, no para pedir nada.
Solo para honrar lo vivido, reconocer lo bueno, y dejar claro quién soy hoy:
un hombre ordenado, en paz con su historia, sin resentimientos, sin cuentas pendientes.
Ese hombre valor que describo más abajo en mi biografía.

Si alguna puerta vuelve a abrirse, aunque sea apenas, la recibo con la misma gratitud y el mismo respeto de siempre.

Lean 



sábado, 4 de abril de 2026

Nadia y yo: la amistad como territorio adulto



Hay vínculos que no necesitan explicarse demasiado porque funcionan desde la simpleza. Con Nadia nos pasa eso: dos adultos que disfrutan salir, conversar, caminar un rato por la ciudad y compartir una buena merienda sin ningún subtexto escondido.

Lo nuestro no es una historia de expectativas ni de malentendidos. Es una amistad limpia, directa, donde cada uno ocupa su lugar con naturalidad. Ella disfruta estas salidas, yo también, y eso alcanza para que el encuentro tenga sentido.

No hay roles impuestos ni gestos que generen deuda. Cada uno cubre lo suyo, cada uno aporta su presencia y su humor. Y así, sin adornos, se arma un clima que vale la pena repetir.

A veces la vida adulta ofrece estos pequeños territorios de respiro: una mesa compartida, una charla honesta, una risa inesperada. Con Nadia, ese espacio está abierto y disponible. No necesita más que eso para ser valioso.




viernes, 3 de abril de 2026

La Crisis de Reevaluación Vital y el Hombre que Vuelve a Empezar

 


Cuando un hombre que pasó más de la mitad de su vida en pareja —matrimonios, convivencias, pactos afectivos de todo tipo— entra en la etapa en la que la vida lo deja realmente solo, ocurre algo extraño.

Primero aparece un frenesí inesperado.
Una especie de alivio primario: por primera vez en décadas, siente que puede pensarse a sí mismo primero.
Que no debe negociar cada gesto, cada plan, cada deseo.
Que hay un territorio propio que vuelve a abrirse.

Pero ese estado dura poco.
Muy poco.

Porque al poco tiempo golpea la puerta el viejo vacío:
la soledad auténtica, la que no se llena con actividades ni con discursos.
La que se siente en el cuerpo, en la mente y en el alma.

Y entonces aparece otra capa:
la idea de que sus defectos, sus rarezas, sus límites, sus problemas, lo vuelven “inaceptable”.
Que nadie lo va a elegir otra vez.
Que sus ex —más hermosas, más luminosas, más resueltas— pertenecen a un calibre que él ya no podrá alcanzar.

Todo eso junto arma una tormenta conocida:
una crisis más, entre tantas que ya atravesó.
Pero esta tiene un nombre preciso:

➡️ Crisis de reevaluación vital

No es patológica.
No es un derrumbe.
Es un proceso de reorganización profunda donde se revisa:

  • qué quedó atrás,

  • qué ya no tiene sentido,

  • qué merece continuidad,

  • qué debe cerrarse con dignidad,

  • qué se inaugura como etapa adulta final: más sobria, más libre, más suficiente.

🧩 ¿Por qué ocurre alrededor de los 56?

Porque coincide con:

  • el cierre de la etapa productiva clásica,

  • la conciencia real del tiempo finito,

  • la necesidad de ordenar linaje, obra y estilo,

  • la redefinición del deseo en clave adulta,

  • la búsqueda de suficiencia en lugar de expansión,

  • el pasaje del hacer al ser.

Y en medio de todo eso, este hombre —que soy yo— atraviesa también el cuerpo medicado:
una nueva droga que me deja dopado día por medio, que me ralentiza, que me obliga a aceptar mis límites sin negociar.

Es doble dolor.
Pero también es doble verdad.

Cierre

Me había inclinado por una Kawasaki de colección del año 1995, cuando me enamoré de las motos custom.
Pero la vi perder aceite, y una que yo sé me advirtió con claridad adulta:
si la Kawa pierde aceite, rechazala de plano.

Así que vuelvo a mi elección anterior:
la Keeway K-Light 202, fabricada bajo supervisión integral de los ingenieros de Benelli.
Cero kilómetro.
En Maipú Motos.
Con todos los services oficiales hechos como corresponde, desde el primer día.

Y a la Coupé —mientras no aparezca ningún mecánico confiable— usarla hasta que se rompa, o hasta que aparezca un buen donatario digno, o tal vez hasta que pueda liquidarla por unos buenos mangos al mejor postor.

Este es uno de esos deseos simples y firmes que vale la pena que sobrevivan a esta crisis mía de hoy.

P/D: Justo en este día se comunicó un mecánico del Club del Taunus y me ofreció revisarme la Coupé y arreglarla de a poco, puesto que tiene 70 años y trabaja solo y despacio, pero me aceptó que le pagara con facilidades, puesto que me dijo que él no vive de la mecánica. Así que el proyecto de la moto vuelve otra vez a su cajón donde sí o sí debe quedar archivado una y otra vez cuando se quiere volar y convertirse en realidad.



El sueño legítimo de la chopper (1995–2026)

Este artículo proviene de este anterior: Lo que parecía una renuncia, vuelve a cobrar ímpetu cuando descubro mi capacidad de ahorro para la ...