Hoy quiero dejar unas palabras que me nacen desde un lugar sereno y agradecido.
Van dirigidas a una familia que fue parte esencial de mi vida: las hermanas Berra.
Primero, mi respeto y mi abrazo para las tres mayores, las morochas (al menos en mi época, puesto que en sus últimos días Dolores también estaba rubia):
Dolores —la primogénita, hoy ya partida—, Alejandra y Gabriela.
Cada una, a su modo, formó parte de un tiempo que recuerdo con afecto y gratitud.
Y también para las tres menores, las rubias:
Verónica, la melliza Guadalupe, y Soledad, mi primera esposa civil.
Con ellas compartí no solo familia, sino amistad, complicidad y años de vida real.
Hay algo que siempre guardé con especial cariño:
fue Verónica quien me presentó a su compañera de Medicina Preventiva, en el lugar donde trabajó toda su vida.
Así conocí a Ely, con quien estuve casado entre 2004 y 2017.
Durante esos años, nuestras dos familias —la de Verónica y Emilio, y nuestra pequeña familia atómica con Ely— compartimos cenas, risas, anécdotas y hasta nuestras primeras conversaciones esotéricas… aun cuando Emilio, católico tradicionalista, prefería mantenerse al margen de esos temas.
Después vino el tiempo del dolor y la distancia.
Cuando inicié la nulidad del matrimonio sacramental para poder casarme nuevamente, la relación se enfrió.
La vida siguió su curso, y yo también.
Mi tercer matrimonio no prosperó, y hoy —parece— Dios me tiene reservado otro camino: la soltería adulta, consciente, estable.
Y desde ese lugar escribo esto.
No para remover nada, no para pedir nada.
Solo para honrar lo vivido, reconocer lo bueno, y dejar claro quién soy hoy:
un hombre ordenado, en paz con su historia, sin resentimientos, sin cuentas pendientes.
Ese hombre valor que describo más abajo en mi biografía.
Si alguna puerta vuelve a abrirse, aunque sea apenas, la recibo con la misma gratitud y el mismo respeto de siempre.
Lean

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