sábado, 7 de febrero de 2026

Capítulo II: -El Juez interno que tengo dentro-.

 

El juez interno no nace de teorías, ni de espiritualismos raros, ni de reencarnaciones ajenas. Nace de la vida vivida, del oficio ejercido, de la formación recibida y del modo en que uno aprendió a operar en el mundo real.

En mi caso, ese juez interno viene de tres fuentes que se entrelazan sin confundirse:

  • del Leandro adulto, el que hoy ordena territorio sin drama

  • del doctor que opera finito, quirúrgico, sin inflación

  • del relator ad hoc que durante más de cinco años trabajó en el Juzgado Civil y Comercial de la Dra. Susana Parés, donde fui calificado siempre como “el chico diez”

Ese período no fue vanidad ni adorno: fue escuela.
Allí aprendí la precisión, la sobriedad, la palabra justa, el cierre correcto, la responsabilidad de escribir para otro y la ética de no inflar nada. Ese entrenamiento dejó una marca que hoy sigue operando en mi modo de pensar, ordenar y decidir.

Ese juez interno no es místico, no es esotérico, no es mágico.
Es jurisdicción afectiva y profesional.
Es la voz que me recuerda cómo se trabaja bien, cómo se honra un linaje, cómo se sostiene una decisión sin dramatismo y cómo se cierra un asunto con elegancia.

Por eso, cuando digo que “para todo lo extraordinario está Memorias Afectivas”, lo digo desde ese juez interno: el que sabe dónde va cada cosa, qué corresponde y qué no, qué se toca hoy y qué se deja para otro día.

No hay renacer, no hay vidas pasadas, no hay resurrecciones que no nos pertenecen todavía.
Hay renovación.
Una y otra vez.
Y punto final.



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