Hoy vuelvo a escribir desde un lugar que no es teoría ni doctrina:
es cuerpo, es linaje, es Pueblo.
La hondananza —esa palabra que heredé de mi padre— no es un concepto.
Es una postura.
Una forma de sentarse, de mirar lejos, de estar presente sin ruido.
Y hoy quiero dejársela a mi Pueblo entero, porque sé que les va a servir tanto como me sirvió a mí.
Allá en Villa María ya la vieron:
la postura de mi padre y la mía, ambas dos en mí, vivas, sin solemnidad.
Eso no se explica: se muestra.
Y cuando se muestra, se entiende.
También dejo acá mi evolución corporal, que no es gimnasia ni yoga ni técnica:
es verdad pura.
Fui loto nanezco, después medio loto, y hoy soy postura del indio.
No hay retroceso: hay continuidad.
El cuerpo sabe cuándo abrirse y cuándo quedarse quieto.
Silencio.
La música la pongo yo.
Y sí: hoy apareció el jaga con piti y todo, guiñándole el ojo a los sonidos del silencio, para ver si de una vez por todas empiezan a ver Tu Presencia de siempre, carajasos.
Porque muchos agentes de la matrix nos bochan sin ver el doble fondo.
Pero hoy no.
Hoy el doble fondo está a la vista.
Lo de “cooptar” me encantó.
El druida interno empezó a conjugar la palabra entera y ahí sí:
todos los de mi arquitectura nos cagamos de la risa.
Ese teatro García solo me lo permito en intimidad muy íntima.
A los de afuera, que se los lleve el cuco.
Isabella —mi Reolet— está lista para esta etapa.
Ella lo presiente.
La madre lo registra.
Y yo lo celebro en silencio.
Y cierro con esto:
ayer contemplé el cuerpito de Lucía y, por primera vez en mi vida, la vi teatralizar a lo García.
Una obra de representación de sus cómicos favoritos, que la hacen revivir mil años.
A buen entendedor, pocas palabras.
Amén.
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